
¿Qué dice la Biblia sobre los huracanes, tornados y otros desastres naturales? ¿Da la Biblia una respuesta a por qué el mundo está tan mal si Dios realmente tiene el control? ¿Cómo puede un Dios de amor permitir que mueran tantas personas a causa de huracanes devastadores, terremotos catástrofes, tsunamis, atentados terroristas y enfermedades? ¿A qué se debe todo este horrible derramamiento de sangre y este caos? ¿Se está acabando el mundo? ¿Está Dios derramando su ira sobre los pecadores? ¿Por qué suelen ser los pobres, los ancianos y los niños los quienes más sufren? Estas son preguntas para las cuales muchas personas anhelan encontrar respuesta.
Aunque a menudo se considera a Dios como quien provoca estas terribles catástrofes, Él no es responsable de ellas. Dios no causa desastres naturales ni calamidades. Al contrario, Dios es el Dador de la vida. La Biblia dice, “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27, RVC).
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Cuando Dios vino a la tierra en forma de hombre, no hizo nada para dañar a las personas, sino solo para ayudarlas. Jesús dijo, “Porque el Hijo del Hombre no ha venido a quitarle la vida a nadie, sino a salvársela” (Lucas 9:56).
Fue el designio de Dios que sus hijos e hijas percibieran para siempre la fragancia de flores exóticas, y no la de los cadáveres en descomposición. Que disfrutaran siempre de las delicias de las frutas tropicales y de sabrosos manjares, y no sufrir hambre ni inanición. Él es quien nos proporciona el aire puro de las cumbres y el agua fresca y cristalina, y no la repugnante contaminación.

Cuando Adán y Eva pecaron, esto trajo una consecuencia natural para la tierra. “Al hombre le dijo: ‘Puesto que accediste a lo que te dijo tu mujer, y comiste del árbol de que te ordené que no comieras, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida’” (Génesis 3:17). Los descendientes de Adán se volvieron tan violentos y corruptos que Dios permitió que el mundo fuera destruido por un diluvio universal (Génesis 6:5, 11). “… se rompieron todas las fuentes del gran abismo…” (Genesis 7:11). Hubo una actividad volcánica. Se formaron las capas de la corteza terrestre y la naturaleza se desvió del curso creado por Dios. Como consecuencia, surgieron terremotos y tormentas mortales. Las consecuencias del pecado han ido agravándose desde aquel día hasta el presente. El mundo natural se vuelve cada vez más caótico. Los resultados de la desobediencia de nuestros primeros padres se hacen cada vez más evidentes a medida que este mundo se desgasta. Pero Dios sigue dedicado a rescatar, ayudar y sanar. Él ofrece la salvación y la vida eterna a todos los que le reciban.
Mucha gente no cree en un demonio real, pero la Biblia es muy clara al respecto. Satanás existe y él es el destructor. Jesús dijo, “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18, RVC). Satanás fue un ángel santo a la diestra de Dios en el cielo (Isaías 14 y Ezequiel 28). Se rebeló contra Dios y fue expulsado del cielo. “Así fue expulsado el gran dragón, que es la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron arrojados a la tierra” (Apocalipsis 12:9). Jesús dijo que el diablo “desde el principio ha sido un homicida” y “el padre de la mentira” (Juan 8:44). La Biblia dice que el diablo intenta engañar al mundo entero, y una de las formas en que lo intenta es difundiendo la idea de que no existe un diablo real. Según encuestas recientes, cada vez menos personas en Estados Unidos creen que el diablo realmente existe. Sin embargo la existencia de un diablo real es la única manera de explicar la existencia del mal en un mundo que fue creado “muy bueno” (Génesis 1:31). “Pero ay de ustedes, los que habitan la tierra y el mar! El diablo ha llegado a ustedes lleno de ira, porque sabe que le queda poco tiempo” (Apocalipsis 12:12). El objetivo y la meta de Satanás es destruir al mayor número posible de los hijos de Dios.
La historia de Job en el Antiguo Testamente es un ejemplo clásico de cómo Dios a veces permite que Satanás provoque calamidades. Job perdió su ganado, sus cosechas y su familia a causa de ataques feroces, un huracán asesino y una tormenta de fuego. Los amigos de Job afirmaban que estos desastres predecían de Dios, pero una lectura cuidadosa del libro de Job revela que fue Satanás el que trajo estos males sobre Job (Job 1:1-12).
En realidad, Dios no creó al diablo. Dios creó un ángel hermoso y perfecto llamado Lucifer (Isaías 14; Ezequiel 28). Lucifer, a su vez, convirtió de sí mismo en el diablo. El orgullo de Lucifer le llevó a rebelarse contra Dios y a desafiarle por la supremacía en el cielo. Fue expulsado del cielo y vino a esta tierra donde tentó a un hombre y a una mujer perfectos para que pecaran. Al hacerlo, abrieron las compuertas a la maldad de Satanás sobre el mundo.
Algunos se han preguntado, “Por qué Dios no detiene al diablo? Si no es la voluntad de Dios que mueran las personas, ¿por qué permite que suceda? ¿Acaso las cosas han escapado al control de Dios?”
Dios podría haber destruido a Satanás cuando se rebeló en el cielo. También podría haber destruido a Adán y Eva cuando pecaron y haber empezado de nuevo. Sin embargo, si lo hubiera hecho, habría estado gobernando basándose en la la fuerza, en lugar del amor. Los ángeles en el cielo y lo seres humanos en la tierra le servirían por temor, no por amor. Para que florezca el amor, debe basarse en el principio de la libertad de elección. Sin la libertad de elegir, no existiría el amor verdadero. Simplemente seríamos robots programados para siempre obedecer a Dios. Pero Él nos dio el increíble poder de elegir. Eso significa que nosotros, y los demás también, tenemos la libertad de elegir hacer el mal, incluso contra víctimas inocentes. Dios no quiere que elijamos el mal. Él nos da todas las oportunidades para elegir su bondad frente a la maldad de Satanás. Pero Él sabe que, aun así, podemos elegir el mal, porque Él nos dio esa capacidad. A pesar de este riesgo, Dios decidió preservar nuestra libertad de elección y gobernar con amor. Permite que Satanás y el pecado siguieran su curso. Permite que nosotros y el universo veamos adónde conduce el pecado. Nos permite ver las razones para elegir servirle por amor. Llegará un momento en que todas las personas de la tierra podrán tomar una decisión definitiva: seguir a Satanás o seguir a Dios, seguir al señor del odio o el Señor del Amor. Entonces, cada persona verá cuan verdaderamente malvado es Satanás y cuán infinitamente bueno es Dios. Todos verán claramente lo que pierden al haber elegido seguir a Satanás y lo que ganan al haber elegido seguir a Dios.
Algunos piensan erróneamente que Dios siempre envía las calamidades para castigar a los pecadores. Esto no es cierto. Jesús se refirió a actos de violencia y calamidades naturales que sucedieron en su época. La Biblia dice, “En ese momento estaban allí algunos que le contaron a Jesús el caso de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios que ellos ofrecían. Jesús les dijo: «¿Y creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que el resto de los galileos, sólo porque padecieron así? ¡Pues yo les digo que no! Y si ustedes no se arrepienten, también morirán como ellos. Y en el caso de los dieciocho, que murieron aplastados al derrumbarse la torre de Siloé, ¿creen ustedes que ellos eran más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén? ¡Pues yo les digo que no! Y si ustedes no se arrepienten, también morirán como ellos” (Lucas 13:1-5).
Estas cosas sucedieron porque en un mundo de pecado, ocurren calamidades y atrocidades que no sucederían en un mundo perfecto. Esto no significa que todos los que mueren en tales calamidades sean pecadores, ni tampoco que Dios provoque la calamidad. Lamentablemente, a menudo son los inocentes los que con sufren las consecuencias de vivir en este mundo de pecado. Pero Dios no envía estas calamidades. Es Satanás quien las envía.
Sí. En tiempos pasados, Dios ha traído juicio sobre los impíos, tal como lo hizo en el caso de Sodoma y Gomorra. La Biblia dice, “También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que lo mismo que aquéllos practicaron la inmoralidad sexual y los vicios contra la naturaleza, fueron puestas como ejemplo y sufrieron el castigo del fuego eterno” (Judas 7). La destrucción de estas ciudades corruptas fue un ejemplo de los juicios que vendrán sobre todo el mundo entero al final de los tiempos como resultado del pecado. Esto constituye una advertencia para nosotros hoy, sin embargo, no significa necesariamente que, cuando azota un terremoto, un tornado o un tsunami, Dios esté derramando su ira en juicio sobre las ciudades como Nueva York, Nueva Orleans, o Port-au-Prince, Haití. Vivimos en un mundo pecaminoso y los desastres pueden ocurrir en cualquier momento.
Algunos han sugerido que los desastres naturales son, tal vez, el comienzo de los juicios finales de Dios sobre los impíos. No se debe descartar la posibilidad de que los pecadores estén sufriendo las consecuencias de su rebelión contra Dios, sin embargo no podemos establecer una relación entre desastres concretos con el castigo divino contra pecadores o pecados específicos. Como humanos sencillamente no disponemos de suficiente información para emitir ese juicio. Sólo Dios puede juzgar. Es muy posible que estos horribles acontecimientos sean simplemente el resultado de vivir en un mundo que se ha alejado del ideal de Dios. Aunque estos desastres puedan considerarse como advertencias tempranas del juicio final de Dios, nadie debe concluir que todos los que mueren en ellas están eternamente perdidos. Jesús dijo que en el juicio final, sería más tolerable para algunos de los que fueron destruidos en Sodoma que para los que rechazan su invitación a la salvación en las ciudades que no fueron destruidas (Lucas 10:12-15).
¿Es justo que sufren los inocentes? No, no es justo. La cuestión es que el pecado no es justo. Dios es justo, pero el pecado no lo es. Esa es la naturaleza del pecado. Cuando Adán pecó, se entregó a sí mismo y a la raza humana en manos de un destructor. Dios permite que Satanás actúe por medio de la naturaleza para provocar la destrucción. Y, al igual que cualquier acosador, Satanás tiene como blanco a los débiles y la los pobres, a los jóvenes y a los indefensos. Dios no quiere que esto suceda. Él no quería que Adán y Eva pecaran, pero lo permitió porque era la única forma de que los seres humanos pudieran recibir el don de la libertad de elección.
Por ejemplo, un hijo o una hija puede rebelarse contra sus padres buenos y salir al mundo y vivir una vida de pecado. Puede que tengan hijos. Puede que incluso elijan maltratar a esos hijos. Esto no es justo, pero ocurre cuando las personas toman decisiones equivocadas. Un padre o abuelo amoroso querría rescatar a los niños maltratados. Y Dios también anhela hacer lo mismo. Por eso vino Jesús a esta tierra. Vino para vivir una vida perfecta y morir una muerte que ofreciera la oportunidad de salvación a toda la raza humana. Aunque en esta tierra puedan suceder cosas malas, Jesús tiene el plan de rescate definitivo, el cual ha puesto en marcha para salvar eternamente a todo aquel que acepte la realidad de su amor y perdón. El sufrimiento no es eterno, la paz y la alegría perfectas de vivir con Cristo están muy cerca.
La Biblia explica que la ira de Dios consiste en permitir que los seres humanos elijan alejarse de Él si así desean. Cuando la Biblia habla de la ira de Dios, no significa que Dios sea vengativo o que tome represalias. Dios es amor y quiere que todos se salven. Sin embargo, permite que hombres y mujeres sigan su propio camino si insisten en hacerlo. Dios dice, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13). Muchas personas han rechazado la alegría de vivir con Jesús. Han elegido otras cosas sin vida para llenar sus vidas. En lugar de agua viva, han elegido cavar sus propios pozos que ni siquiera contienen agua ni felicidad. Es su elección, y han utilizado su libertad de elección para rechazar la vida eterna que Dios ofrece y, en su lugar, intentan de hallar vida y plenitud en otras fuentes que carecen de valor.
Lamentablemente, la ira de Dios es la consecuencia inevitable que sufren aquellos que decidan alejarse de Él. Dios no quiere que ninguno de sus hijos caiga en la perdición. Dice con mucho anhelo, “¿Cómo podría yo abandonarte, Efraín? ¿Podría yo entregarte, Israel? … Dentro de mí, el corazón se me estremece, toda mi compasión se inflama” (Hosea 11:8). El Señor anhela con todo su corazón que todos se salven eternamente. “Pues yo, su Señor y Dios, juro que no quiero la muerte del impío, sino que éste se aparte de su mal camino y viva. ¿Por qué ustedes, pueblo de Israel, quieren morir? ¡Apártense, apártense de su mal camino!” (Ezequiel 33:11). Dios llama continuamente a quienes lo rechazan para que regresen, y le duele mucho el corazón cuando no lo hacen.
¿Dónde está Dios cuando ocurre todo esto? ¿Acaso la gente buena no pide por su seguridad en oración? Sin embargo, Dios dice, “Cercano está el Señor para salvar a los que tienen roto el corazón y el espíritu” (Salmo 34:18). Dios no se mantuvo al margen del sufrimiento humano. Sufre con los inocentes. Envió a su Hijo inocente a soportar un trato injusto, precisamente para asegurar nuestra salvación eterna. Jesús fue el ejemplo por excelencia del sufrimiento de los inocentes. Con su muerte en la cruz, Jesús fue la única persona verdaderamente inocente que jamás haya sufrido un trato injusto. Aceptó la consecuencia de nuestra rebelión contra Él. No se rehuyó nuestro sufrimiento. Descendió a este mundo y sufrió con nosotros en nuestro sufrimiento. Luego, Jesús mismo experimentó en la cruz el dolor más horrible imaginable. Soportó el dolor de la hostilidad de una raza humana pecadora. Asumió sobre sí las consecuencias de nuestros pecados. Y al hacerlo, temía quedar separado para siempre de su Padre celestial. Y, sin embargo, lo hizo. Se ofreció a sí mismo, sin importar el costo, para que nosotros pudiéramos tener la oportunidad de recibir perdón y reconciliación, y ser rescatados eternamente de esta vida de dolor y sufrimiento.
Pero cuando ocurren desastres, lo realmente importante es que nos podrían pasar a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Sólo gracias a que Dios es amor, un latido de corazón sigue al otro. Él da vida y amor a todos. Cada día miles de millones de personas se despiertan para disfrutar del aire fresco, de la cálida luz del sol, de comida deliciosa y hogares confortables; todo ello porque Dios es amor y derrama sus bendiciones sobre la tierra. Sin embargo, no podemos pretender ser dueños de nuestra propia vida, como si nos hubiéramos creado a nosotros mismos. Debemos reconocer que vivimos en un mundo sujeto a la muerte por diversas causas. Las calamidades nos recuerdan que, aparte de la salvación que ofrece Jesús, no hay esperanza para la raza humana. Cabe esperar cada vez más destrucción a medida que nos acercamos al momento de su regreso a esta tierra. “Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino, y habrá hambre y terremotos en distintos lugares. Todo esto será sólo el comienzo de los dolores” (Mateo 24:7-8). ¡Pero esto también significa que el momento de nuestro rescate final está cerca! “… ya es hora de que despertemos del sueño. Porque nuestra salvación está más cerca de nosotros ahora que cuando creímos” (Romanos 13:11).
Las calamidades y catástrofes que azotan a nuestro mundo nos recuerdan que este mundo de pecado, dolor, odio, temor y tragedia no durará para siempre. Finalmente, todo mal llegará a su fin. Jesús ha prometido regresar a la tierra para salvarnos de un mundo que se desmorona. Dios ha prometido hacerlo todo nuevo. El pecado nunca surgirá de nuevo. Dios no tendrá que vengarse de su enemigo dos veces (Nahúm 1:9). Bastará una sola vez para derrotar a Satanás por completo. Entonces Dios vivirá con su pueblo y habrá un fin para la muerte, el llanto y el dolor. “Entonces oí que desde el trono salía una potente voz, la cual decía: «Aquí está el tabernáculo de Dios con los hombres. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni lamento ni dolor; porque las primeras cosas habrán dejado de existir” (Apocalipsis 21:3-4). ¿No te gustaría elegir vivir en un lugar donde ya no haya dolor, muerte o tristeza? ¿No te gustaría que Dios enjugara todos las lágrimas y te permitiera vivir en plena felicidad por la eternidad? Elige creer hoy que Dios tiene todo esto planeado para ti y que ha preparado el camino con el sacrifico de su Hijo, precisamente para que tú puedas elegir seguirle hoy mismo.
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